Quinito López Mourelle
Escritor, músico y crítico de jazz
sobre este blog
No soy un escritor de blogs al uso, ni un comentarista político, ni un articulista de la web. Sin embargo, en sentido paralelo a mi actividad como novelista brota un caudal de pequeños textos (cuentos, pensamientos, ideas...) que sí tienen cabida en un espacio como este. En ocasiones el lector se encontrará con temáticas, urdimbres y estilos diferentes a los que desarrollo en mi narrativa. Sirva así este blog que he denominado "Marquide" (aquellos que me conocen adivinarán el motivo) como un lugar recoleto, pero tratado con esmero y dedicación, en el que todas esas ideas, poemas, cuentos etc encuentren su cobijo. Sobre mi biografía y mis novelas encontraréis más información en el siguiente enlace: http://www.ezaroediciones.com/2009/05/23/quinito-lopez-mourelle/ También podéis encontrarme en facebook.
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MARQUIDE
Publicado: 30/04/2012
Hace algo más de un mes Alfonso Morán, amigo y contrabajista en la Real Filharmonía de Galicia, me comentaba, al hilo de una conversación sobre la programación de su orquesta, que un intérprete de notable reputación de cuyo nombre (y aquí la licencia cervantina obedece a un principio de discreción) no quiero acordarme, invitado por la misma como solista, se había quedado en blanco, hace poco tiempo, durante su brillante interpretación. Me vino entonces a la memoria, con especial cariño, un cuento que escribí hace unos veinte años en el que el protagonista, el pianista chileno Claudio Arrau, detenía el mundo en un instante eterno durante un concierto ofrecido en Buenos Aires. Antes de posar uno de sus dedos sobre un si bemol, su mente se paralizaba horrorizada por una duda metafísica: ¿no se correspondería aquella tecla negra, que le aguardaba con impaciencia, con un la sostenido? Prometo recuperar el cuento de marras y publicarlo en este espacio. Sé que es improbable que lo haga pero, a estas alturas de la vida, incumplir una promesa como esta se me antoja un pecado menor y, en cierto modo, perdonable.
Recuerdo la anécdota porque el pasado domingo, asistiendo a un concierto monográfico sobre el arpa en la música de cámara, ocurrió algo hermoso e inopinado. Desde hace tiempo me entristece escuchar comentarios de grandes aficionados a la música clásica que, aunque no lo manifiesten abiertamente, consideran el jazz como un arte menor y, por ese motivo de partida o porque estéticamente no se ajusta a sus presupuestos auditivos, no le prestan el menor interés a pesar de que grandes compositores (Ravel, Stravinsky, Shostakovich…por citar sólo algunos) incorporasen a algunas de sus composiciones la sonoridad de este nuevo género (que de nuevo en realidad no tenía nada) cautivados por su frescura y por los horizontes musicales que se abrieron con su advenimiento en los albores del siglo XX. En el otro lado también registro, con idéntica impotencia, el fingido hastío con el que los acérrimos del jazz le cierran la puerta a la clásica porque tampoco se aviene a sus entendederas swingueantes, creyendo acaso que la música clásica es sólo una, de igual forma que una extensa parte del público sólo entiende el jazz como el tipo de música que hacía Louis Armstrong en Nueva Orleáns o, como mucho Charlie Parker en la era del be bop. Me detengo aquí en la reflexión (que cada uno puede digerir como le convenga) para relatar, ya sin más meandros, que, durante la interpretación de la Música para Nicanor compuesta por el rumano Sergiu Natra, la arpista Irantzu Agirre Arrizubieta, del ensemble Belle Epoque, sintió en sus yemas el latigazo de una cuerda que se rompía en directo, provocando un sonido que no estaba convocado en la partitura que el compositor dedicó a su amigo Nicanor Zabaleta, pero que sí podría estarlo en la de alguna composición del recientemente desaparecido Mauricio Kagel o de algún otro compositor contemporáneo. Ante un suceso desatado por el azar sólo cabe la improvisación: actuar con naturalidad frente al imponderable para restablecer la normalidad. La obra de Natra está fragmentada en movimientos de escasa duración, pero una situación similar podría darse en la ejecución de una pieza ininterrumpida de más de treinta minutos, algo más frecuente en los compositores actuales, y, ya puestos a imaginar, podría pasar, en el peor de los casos, a tres o cuatro minutos del final o en un momento en el que el instrumento castigado por la ira de los dioses (los mismos que concedieron a su hermana el arpa eólica el don de hablar en su nombre) estuviese ejecutando en ese preciso instante un fragmento en el que asumiese el protagonismo. Un músico de jazz podría, llegado el fatídico caso, ignorar la cuerda rota (o la tecla, o la clavija …) y amoldarse a las posibilidades de su instrumento para suplir las notas que la merma por sorpresa le hubiese arrebatado. La pobre Irantzu, por el contrario, no tendría más remedio, si quisiese continuar con la ejecución, que accionar esa cuerda -ya sin vida-, siguiendo estrictamente las instrucciones del papel pautado o, en un ejercicio de adaptación espontánea, sustituir esa nota por otra idéntica pero más aguda o más grave, lo cual desvirtuaría claramente la intención del compositor. Con gran naturalidad y buen criterio (aunque desconozco si existe un protocolo para solucionar este tipo de problemas), la arpista y el resto del septeto detuvieron la ejecución, explicaron al público lo sucedido y, aprovechando que el concierto tenía también una vertiente didáctica auspiciada por el coordinador Rubén L. Someso, ilustraron al respetable sobre el proceso de sustituir la cuerda rota (incapaz de soportar ya por más tiempo los cambios de temperatura y humedad que nos descontrolan últimamente) y afinar la nueva. Y fue así como algo que no estaba escrito, algo que llegó como un beso robado, propició un momento hermoso y revelador. La extinta cuerda, víctima de la primavera, había desfallecido por todos nosotros, regalándonos con su muerte la renovación de este espejo enigmático que denominamos realidad. Minutos después volvían a sonar los primeros compases de la obra de Sergiu Natra y nuestras vidas retomaban el pentagrama con alivio.
Al salir de la sala y bajar al hall del Macuf, museo en el que tuvo lugar el sucedido (y siento no haberlo citado en primer lugar como es obligado en todo relato periodístico que se precie y es que, lo del periodismo, hábito nocivo al que nunca tuve gran afición, lo estoy dejando) me topé con una escultura o instalación de Bernardí Roig que no había podido apreciar por haber entrado apresuradamente en el recinto para no llegar tarde a la cita musical. Al verla me sentí profundamente identificado con el protagonista y recordé algunos versos de Annette Peacock que ponen la guinda a un emocionante tema que Bill Bruford grabó hace años y que se titula Goodbye to the past. La selección que reproduzco a continuación, y que prefiero no traducir, resume de alguna manera la hermosa idea de vivir el presente sin el tormento que nos infligen nuestros actos del pasado, sin el peso de toda esa construcción que hemos cimentado durante horas y horas y que, por su gravedad, se desmorona sobre nuestras conciencias. La cuerda del arpa (poco importa si la nota correspondiente es un si bemol o un la sostenido) es, que duda cabe, un ser humano. ¿Por qué no hemos de serlo nosotros?
Say goodbye to the guilt
Leave the past behind
Leave the pain with the past
Lighten up the cross
It's a long journey ahead
You are innocent victims
Of circumstance and coincidence
Be gentle with yourselves
Forgive yourselves
Release yourselves from the past
(Anette Peacock)

Escultura de Bernardí Roig expuesta en MACUF. (Foto Q. Mourelle)
Publicado: 22/03/2012
Sería fácil inventarle una leyenda a Parati, esa ciudad del litoral de Rio de Janeiro de piel oscura, cadencia suave y mirada verdosa. Pondríamos por caso que un joven dios tupí hubiese regalado tan paradisíaco lugar a una bella india y que al mostrarle la espléndida panorámica, como quien ciñe un collar en nuca despejada y tierna, le hubiese dicho: es Parati. Me temo que el origen del topónimo es bastante más prosaico: al parecer los indios acudían a pescar allí el abundante pez parati (mugil curema). Sea como fuere, por las arenas de esa querida estampa colonial se perdieron los pasos de una tal Sonia Braga y de su compañero de rodaje Marcello Mastroianni a principios de los ochenta, cuando insuflaron entidad corpórea a los protagonistas de Gabriela, film que se quedó bastante corto del clavo y la canela con el que Jorge Amado había aderezado su redonda historia de cuernos ambientada en Ilhéus, en su querido Estado de Bahía. Recuerdo estar leyéndola en la cama con enorme deleite hace ya once años. Hoy he tenido el capricho de hojear la novela otra vez y me he topado con un subrayado y un apunte en el que quise relacionar la anagnórisis de las tragedias griegas (un personaje pasa de la ignorancia al conocimiento y esa transformación, que puede llegar de mil formas diferentes, comporta capitales consecuencias) con el Código Civil que Joao Fulgencio, uno de los personajes que favorecen al atribulado Nacib (Mastroianni en la pantalla), cita en un punto interesante. Se refiere a la posibilidad de anular un matrimonio cuando “el conhecimento ulterior (de la identidad del otro) torne insuportável a vida en comum ao conjuge enganado”*. Quizá cuando uno es traicionado en el amor, el engaño no resida tanto en la acción sino en la identidad del que la comete. Sí, uno descubre un día (anagnórisis) con quién ha estado compartiendo su vida. El tema se enrosca con artes de ofidio y es, para mí (mirarse el ombligo ya implica otra sonoridad que la resultante de regalar una bahía a una mujer hermosa), el que mayor riqueza psicológica ofrece a un escritor. Conozco pocas situaciones, exceptuando aquellas relativas a desgracias irreparables, en las que un personaje pueda estar más expuesto, ser más vulnerable o entregarse, por despecho o por una pérdida absoluta del gobierno, en brazos de la locura y el desafuero. Como lectores y seres humanos nos atañe a todos (y no quiero ofender a nadie) y es ingrediente que, como mínimo, suscita la curiosidad. Un programador de conciertos respondió en una ocasión a un colega con una sentencia del todo ajustada cuando éste le preguntó, preocupado por la disminución de aficionados en las grandes salas, qué compositores podrían garantizar un aforo completo. “Falla nunca falla” le espetó para zanjar el asunto. Seguramente el simple hecho de haber titulado esta reflexión como Una de cuernos me habrá garantizado ya un mayor caudal de lectores (eso sí, muchos se habrán perdido al doblar la esquina de las primeras líneas por no haber visto todavía lencería alguna) que mis otras entradas del blog. Tanto si nos situemos en la orilla de Gabriela como en la de Nacib, tanto si hayamos cometido el desliz como si nos imaginemos atravesados por esa daga, tengamos su noticia por el runrunear local o, en el peor de los casos, la constatemos como testigos in fraganti, nuestra sensibilidad habrá padecido una acometida difícil de equiparar. Puede que ese dios tupí, ataviado con plumas de ave y con el cuerpo tintado, sufriese también el aguijón moral de algún sediento conquistador fascinado por la gracia de su amada. En la Carta que Pero Vaz de Caminha escribió, a modo de diario, entre el miércoles 22 de abril y el Viernes 1 de mayo de 1500, para dar cuenta al rey D. Manuel de Portugal del descubrimiento de Brasil, su pluma insiste en describir pormenorizadamente la desnudez nativa, de cuyas “vergonhas (…) de as muito olharmos, nao tinhamos nenhuma vergonha”. Con su redundancia, que también puede entenderse como juego de palabras, el portugués alaba la inocencia de aquellos indígenas. En el pasaje más destacado y hermoso de ese relato, una joven india asiste completamente desnuda a una misa improvisada por los colonizadores. El cronista cuenta que le habían ofrecido un paño para que se lo ciñese a la cintura y así pudiese cubrir su desnudez, pero que, al sentarse, ella no reparaba en hacerlo propiamente, de forma que mostraba su sexo a los asistentes. En ese nimio detalle se esconde toda la grandeza de la escena. ¿Era también inocente la mirada del cronista, detenida, no por casualidad, en aquel rincón señalado? ¿Era ella consciente de esa u otras miradas? El concurso de ese paño ¿no anula inmediatamente toda inocencia, no le confiere a la fémina todo el potencial erótico que los portugueses pretendían evitar? El asunto da pie para múltiples reflexiones, sobre todo por concitar religión y sexualidad en el mismo episodio. Rescato ahora una cita en la que un personaje de Thomas Mann nos habla de la fémina -“que en parte significa fe y en parte quiere decir menos, es decir, de poca fe”- para recordarnos la injusticia con la que se atribuye a la mujer toda culpa en el asunto que nos ocupa y que, como todos sabemos, viene determinada por el sesgo bíblico, atávico, interesado en perpetuar esa advertencia al macho. El único error de aquel día del año 1500 fue el de cubrir aquel sexo con un paño. A nadie ofendía.
He querido sacar de la chistera esta perorata, que se me ha ido de las manos, para que imaginemos juntos la mañana en que la india de Parati (que para el caso podría ser la misma que conoció Vaz de Caminha en Veracruz), enamorada de su dios tupí, coincide en un angosto camino de la floresta al marino portugués. El resto de esa historia ya no nos pertenece. Y, a modo de conclusión, que en realidad nada concluye, llamo al estrado a don Álvaro Cunqueiro, quien en Un hombre que se parecía a Orestes diseccionó con una magistral parodia el adulterio de Clitemnestra (a la que define como “muy variable en amores” en Las Mocedades de Ulises) y la desventura de su cornudo y asesinado marido Agamenón. Sin ánimo de arbolar para éste una venganza, sino tan sólo con el sano deseo de jugar con esa referencia mitológica y actualizarla, el que esto escribe discurrió hace unos años un poema en el que es Agamenón el que se deshace de Clitemnestra y de su amante Egisto y, a modo de nota o carta simbólica, justifica la crueldad de su acción. Mostradme pues el cuello: el poema es Paravosotros.
EL NUEVO AGAMENÓN
Cogí el último vuelo
para ver qué aspecto
tenías esta noche.
Giré la llave
y entré en silencio:
te hallé durmiendo
en brazos de otro hombre.
Perdóname.
Debía haberte despertado
antes de quemar la casa.
No soporto
que nadie haga nada
en mi nombre…
y menos en mi cama.

* El parentesis es mío.
Publicado: 3/03/2012
Sí, algún día tenía que hablar de Veronika Marescia y… ¿por qué no hacerlo en este preciso momento? Todavía puedo verla ahora, registrada en algún dobladillo de mi retina, mientras cruza el parque con ese aire decidido y elegante que enloqueció a media ciudad. De padre danés y madre italiana, Veronika resumía en una nariz nevada de pecas las contradicciones de sus progenitores. Pero no, no voy a seguir por esa vía. Me limitaré a relatar lo sucedido aquella tarde en que se presentó en mi domicilio media hora antes de lo convenido, circunstancia que, torpemente, quise atribuir a algún tipo de interés por su parte. Me había propuesto poner a prueba su exquisito oído con una audición preparada a medida. En otras ocasiones nos había dejado boquiabiertos al identificar sin titubeos a tal o cual saxofonista, pianista etc sin haber escuchado más que diez o doce segundos de música, pero la velada de la que me dispongo a darles cuenta, y en la que yo sería su única compañía y por tanto, único testigo de los hechos, prometía un examen más riguroso y, por qué no decirlo, malintencionado, de sus aptitudes retentivas. Había seleccionado cuidadosamente fragmentos en los que la intervención de los músicos que ella debía identificar era confusa, bien porque estuviesen interpretando al modo de otros instrumentistas célebres -pintores excelsos como De Chirico jugaron a imitar a pares como Rubens e incluso a sí mismo, al Chirico de épocas pretéritas- o porque su concurso, en este caso como acompañantes de otros solistas, fuese la expresión mínima y menos reconocible de su arte. Veronika tenía por costumbre saludar con un beso que se aproximaba peligrosamente a las comisuras de los labios, recordando así, con ese marchamo cruel, que el depositario de aquella gentileza se había quedado a las puertas de otras atenciones más generosas que no tenía inconveniente en dispensar a un club de elegidos. Si puedo contarme o no entre esa triste compañía de los que no obtuvieron sus favores…poco puede aportar al caso que nos ocupa. Después de recibir ese beso la acompañé al salón, le ofrecí un refrigerio y, tras una breve puesta al día de nuestros sinsabores cotidianos, inicié la audición. El primer fragmento seleccionado era un solo de contrabajo acompañado por un levísimo juego de escobillas y unos escasos acordes de piano sugiriendo la armonía del tema. La exposición fue breve. En cuanto levanté la aguja Veronika abrió los ojos y se adelantó a mi pregunta:
- Es Frank Raulbower.
Mi perplejidad fue motivo de una bellísima sonrisa por su parte. Frank Raulbower era, en efecto, el saxofonista de aquella formación, pero no había tocado una sola nota en el fragmento que le había puesto. Mi intención era preguntarle por el pianista. Era evidente que conocía aquel disco, así que sin dilación la invité a sentarse en una silla desde la que le resultaría imposible ver qué álbumes escogía para la prueba. Con el segundo pasaje me proponía que también identificase a un pianista, esta vez interpretando en solitario una introducción en la que tocaba tan pocas notas que la Música Callada de Mompou parecería una algarabía de mercado a su lado. Diez segundos…
- Es Maurizio Freni.
Otra vez me había desbancado. Freni era trompetista, el trompetista que aparecería medio minuto después en aquel dúo. Tuve la tentación de amonestarla por adelantarse a mi pregunta, pero, en vista del interesante juego que se traía, le permití que volase a sus anchas. Mi extrañeza, sin embargo, había aumentado un grado porque aquel disco de Freni y Pieranunzi era una rareza que había conseguido de una forma rocambolesca y del que muy difícilmente ella podría tener noticia. Con esa comezón me apresuré a posar la aguja sobre los surcos del tercer fragmento: una declaración apoteósica de free jazz en la que una trompeta, un saxo tenor, un contrabajo y un baterista rugían desaforadamente. Si el anterior ejemplo era una rara avis en la discoteca de un aficionado cualquiera, este podría elevarse a la categoría de preciadísima pieza de coleccionista. Era una grabación en directo, registrada con medios rudimentarios, que mi cuñado me había comprado durante un viaje a Polonia. Su respuesta, desembuchada de forma un tanto autómata, como si estuviese obedeciendo órdenes de una instancia superior, no se hizo esperar.
- Es Renan Costa.
Me resultó inevitable perder la compostura y preguntarle con alarmante urgencia cómo, por qué secreta razón, sabía que Costa, un pianista desconocido y sin grandes méritos de los que presumir, estaba aquella noche en Polonia, en aquel local de la calle Mariacka, esperando su turno para tocar después de que lo hiciese el grupo de free jazz que habíamos escuchado durante unos segundos en mi salón. Su tono intentó tranquilizarme.
- Es fácil. Tú también puedes lograrlo. Debes poner el foco en las notas que no se escuchan, las que el músico que espera pacientemente está escuchando en su imaginación, como si tocase un solo en el silencio de su alma, como si alguien estuviese tañendo su instrumento por él mientras sus manos permanecen quedas. Esas notas que no han sido vertidas llevan el mismo sello que las que luego nos regalará cuando le llegue su turno.
Acto seguido me pidió disculpas porque se le había hecho tarde. Se fue bajando las escaleras en volandas, sin darme oportunidad para retenerla. Su beso de despedida volvió a acercarse peligrosamente al centro carnal de la diana.
Sí, todavía puedo verla cruzando el parque y perdiéndose entre la arboleda. Me hubiese gustado ilustrar este breve recuerdo de Veronika con una fotografía en la que aparecemos los dos compartiendo una granizada, pero como muy bien sabéis esa fotografía no existe, así que he preferido alzar la mirada y posarla, cual tórtola que busca la complicidad de otra, en las copas de esos árboles que la trajeron por primera vez.
Publicado: 3/02/2012
Ocurrió en 2025, pero ya casi nadie lo recuerda. En una estúpida mañana de febrero Carlo Firino, nombre artístico elegido por John Carpenter para hacerse valer en el mundillo, se encontraba en su estudio de la calle 333 con la 3333 contemplando por el ventanal la intrepidez con la que unos nubarrones se adueñaban del cielo neoyorquino. En el transcurso de ese embobamiento se le enredó en el magín una secuencia cuyo origen podría ser una escena infantil, que en realidad no había vivido, o bien el retal de alguna antigua película o quizá de alguna fotografía de una revista hojeada años atrás. De inmediato se sentó en su mesa para dibujar un boceto. En unos segundos estaba plasmada la idea: un hombre estilizado sosteniendo un cazamariposas. Ese era el golpe de efecto que estaba buscando, la culminación de una empresa en la que había empleado meses de duro trabajo. Llegó el día del desfile y su ocurrencia no pudo tener una mejor acogida. Los modelos recorrían la pasarela portando los cazamariposas con hierática superioridad, propulsados por el resorte de una teatralidad cuyos efectos se calculaban previamente entre bambalinas. Los comentarios de los asistentes, y posteriormente los artículos de los críticos especializados, encumbraron sin fisuras a Carlo Firino como el hombre del año. Las publicaciones se hicieron eco de su gesta y difundieron por doquier la imagen de un hombre moderno, rabiosamente actual, asistido para su vida diaria por su cazamariposas, el complemento ideal y a todas luces necesario. El alcance de su propuesta fue tal que en poco tiempo resultó difícil ver a un individuo paseando por las calles de Nueva York sin su cazamariposas en la mano. El salto a otras ciudades del globo se produjo, como chispa azuzada en un pajar colmado, un par de días después. Los lugares públicos se habilitaron con una suerte de paragüeros específicos para cazamariposas, pues éstos desplazaron rápidamente al paraguas porque, con sólo dos manos, el hombre moderno ya tenía bastante carga con la cartera y el cazamariposas. (La posibilidad de llevar el paraguas a la espalda colgado del cuello de la camisa se desestimó por considerarse un recurso trasnochado y poco urbano). Los fabricantes del artículo en cuestión hicieron su agosto pero, ante el colapso de cazamariposas en la entrada de algunos establecimientos, pronto surgió el problema de la identificación. Podía darse el caso, por ejemplo, de un ciudadano que después de su jornada acudiese al pub de turno para disfrutar de una cerveza y que, a la hora de recoger su cazamariposas para volver a casa, no fuese capaz de reconocerlo entre otros cincuenta, con el consiguiente e irreparable disgusto. En algunos restaurantes se sustituyeron los paragüeros por consignas similares a las de las estaciones ferroviarias y aeropuertos, pero era una medida de por sí costosa y además requería el trabajo exclusivo de una persona que atendiese con diligencia ese nuevo servicio, por lo que no fue muy común. Era evidente que había que personalizar los cazamariposas, un detalle crucial que, desconocedor del poder de detonación de su idea, Carlo Firino había pasado por alto. Fabricantes avispados cosieron en la redecilla de los cazamariposas etiquetas con sus marcas. El propio Firino diseñó la suya poco tiempo después, procurando con la audacia y elegancia de su diseño recuperar la hegemonía perdida tras la aceptación masiva de su idea original, si bien no le reportó las ventas con las que soñaba sino sólo la admiración de sus adeptos incondicionales, un “club” distinguido y dispuesto a pagar una cantidad notablemente superior a la marcada por el resto de los fabricantes. Sin derecho alguno sobre los beneficios de éstos por no haber patentado un objeto que, en definitiva, ya existía, Firino se recluyó en la madeja de una seria depresión que a la postre le llevaría a suicidarse en noviembre de 2026. Tan luctuosa noticia provocó una gradual caída en las ventas del preciado artículo hasta que en 2027 la moda, en evidente desuso, desapareció casi por completo. Tan sólo años después llegaron algunos stocks devaluados a algunas poblaciones africanas, donde primero se intentaron vender a los turistas y posteriormente se reutilizaron como mosquiteros. A día de hoy, como todos sabéis, es infrecuente y completamente improbable ver a un sujeto asiendo un cazamariposas de camino a la oficina.
* Parafraseando aquella Broadway melody of 1974

Publicado: 19/01/2012
Un personaje de una novela de Stefan Zweig se encuentra confinado por la Gestapo en una habitación desprovista de objetos. Su cautiverio ya dura varios meses y su tormento psicológico (el derivado de la privación de libertad y, en mayor grado, el que le provoca no poder desarrollar otra actividad que la de dejarse llevar por su pensamiento) está a punto de desmoronarle cuando, en uno de los interrogatorios a los que era sometido (una carga psicológica todavía peor, aunque también un cierto respiro por el contacto con rostros y objetos) consigue robar un libro. Obviando cuanto acontece posteriormente, mi reflexión parte de ese punto en el que ese preciado compañero infolio será su único refugio y descanso durante una larga, incierta e infausta temporada. A menudo me olvido durante meses de cambiar los discos compactos que escucho en mi automóvil. Conozco también a algunas personas que son capaces de ver una misma película muchas veces en un corto espacio de tiempo. Del mismo modo podemos tener un cuadro colgado en nuestra casa y convivir con él durante años aunque, por el desgaste de esa convivencia, la observación pausada y placentera de sus virtudes se torne en la misma atención que le dispensamos habitualmente al papel de la pared o al diseño de la nevera. ¿Qué ocurre entonces con un libro? Somos capaces de releer un libro con inmediatez cuando nos ha planteado muchas incógnitas que creamos -en esa patología detectivesca que, por error, mueve a la mayoría de los lectores- podrían resolverse en esa nueva exposición a sus líneas, esta vez advertidos y con los ojos bien abiertos. Esa segunda lectura puede darse, en cambio, mucho tiempo después de la primera, cuando personajes, tramas, situaciones etc se hayan desdibujado con dulzura en nuestro recuerdo. En ese caso el placer de leer llevará implícito el de reencontrarnos con viejos amigos con los que hemos compartido momentos deliciosos. No conozco a nadie, sin embargo, que lea y relea un libro con la frecuencia con la que hacemos sonar en el reproductor un disco que nos agrada (salvando, claro está, que la analogía debe amoldarse a los tiempos que marcan ambas actividades: un disco lo escuchamos en una hora pero pocos libros pueden leerse en sesenta minutos). Quizá ocurra algo semejante con las parejas, si bien la suerte aquí es diversa: para algunas personas compartir la vida con otra puede resultar un trance tan llevadero como el de escuchar un disco continuamente, mientras para otras será tan gravoso como leer el mismo libro un día tras otro. Las estaciones no escapan, en esta suerte de metáforas baratas de las que me gusta valerme, de apreciaciones similares. En algunos lugares del globo no hay apenas diferencia entre el verano y el invierno, mientras en otros muy distantes las cuatro composiciones de Vivaldi están muy delimitadas y cada una de ellas comporta su lógica y su movimiento natural. Particularmente estimo con mayor apego a la primavera porque en ella se concitan mil expectativas de las aventuras que nos deparará el verano mientras éste, cuando llega, parece ya un lapso breve y la confirmación de todos esos anhelos que no se realizan. Acostumbro a decir a principios de julio, sin afectación, que el verano ya se está acabando (la climatología galaica ayuda en gran medida a alimentar esos pálpitos apocalípticos), como manifestación sentida de esa regla por la que la primavera es el deseo y el verano la consumación o, si se quiere, la decepción. En un momento de mi vida, con treinta y tres a mis espaldas, me embarqué en la singladura de experimentar (un efecto colateral de una estancia de seis meses en el extranjero que no había calculado inicialmente) tres veces seguidas la secuencia primavera-verano. De algún modo resultó parecido a leer la misma novela de forma ininterrumpida, a convivir con esa persona elegida, si bien contaba con la ventaja de un pequeño engaño: el verano y sus promesas incumplidas llevaban por añadidura la esperanza de la inmediata primavera en la que, por lógica, se renovarían las expectativas. Reconozco que recuerdo ese periplo con nostalgia, aunque podría no tener sentido ahora que mi edad es otra… Y al hilo de estas bagatelas del pensamiento recuerdo que, en una conversación con Django Bates en Guimaraes a propósito de su disco Spring is Here (Shall we dance?), le comenté que yo había compuesto un tema en el que homenajeaba a la estación y cuyo título es Maybe you are may (puede que tú seas mayo, para entendernos). Si pronunciamos su título comprobaremos que comporta un círculo sin fin: maybe you are may(be) you are may(be) you are may … análogo a la secuencia que viví allá por los trópicos. Tampoco tienen fin, y con esto concluyo, el deseo ni la lluvia estival de las Perseidas quienes, acaso, son la figuración de todas esas expectativas extinguiéndose sin sentido en el firmamento.
Publicado: 2/01/2012
Las musas me regalaron, durante un paseo junto al mar en la primera mañana del año, unos versos que ahora os participo. Son versos de sabor popular, que no cuentan nada nuevo (una bandada de estorninos sobrevolando una plaza pública), pero a los que uno puede añadirles un capricho de Copacabana o perfumarlos con corteza de lima. Que el lector “fique a vontade”…Yo, por mi parte, me los imagino cantados en boca de Julito Carrillo, el personaje de “Sin Ana Beatriz” (novela que DEBERÍAN USTEDES LEER!!!!) que sigue instalado en un lugar privilegiado de mi corazón. Hay novelas que nunca se terminan, que siguen rumiando en la mente de su orquestador eternamente. Y así, a pesar de encontrarme ante un mar bañado por esa luz que tiene el Atlántico cuando el viento sopla de tierra, vino a mi memoria la pose de Julito Carrillo en aquel último concierto en el Portinari, quizá conocedor de la que sería su suerte…
LA VISTA ATRÁS
Aquellas noches de hotel, de jazmín y de sal…
y todo lo que hubo entre tú y yo,
y también lo que siguió después
cuando la vida, a traición,
se desdijo y nos vino del revés.
Cariño…
ya sabes que hay cosas que el mar
no es capaz de lavar.

Publicado: 8/12/2011
Recientemente recibí una llamada de mi editor, notablemente airado, en la que me conminaba a enviarle de una santa vez mi manuscrito de la novela Tristeza última de Eustaquio Frenesí, obra en la que llevo trabajando más de diez años y que, entre otras cosas, me costó mi relación con Danika, una simpática y agraciada eslovena. Fue una pena porque le tenía un gran afecto a los buñuelos de bacalao con los que habitualmente nos agasajaba su madre allá en Liubliana, donde residí con Danika durante una larga temporada. Mis idas y venidas para documentarme sobre la vida de Eustaquio Frenesí acabaron por colmar su paciencia y, al regreso de mi último viaje, me sorprendió al presentarme a René, un apuesto francés que tenía todas las virtudes para convertirse en mi sustituto natural. De Eustaquio Frenesí, por cierto, no se sabe gran cosa. El sobrenombre le vendría, según algunos historiadores, por su desenfado, su existencia licenciosa y su estrecha relación con mujeres de vida alegre. Me consta, tras largas averiguaciones, que esa percepción no se corresponde con la realidad, ya que él no era el destinatario de esos disfrutes sino el cardenal Bernabé, del que era una suerte de edecán u “hombre para todo” y al que surtía con lo más granado de los lupanares tras cuidada selección. El cardenal, allegado y hombre de confianza en la corte, era, aparte de un putero impenitente, un gran aficionado a los almendrados y un consumado jugador de petanca. Me costó horas de biblioteca y de rastreo de antiguos legajos descubrir esa pasión del prelado, guardada con sumo celo ya que no estaba bien visto que un religioso ocupase sus horas de ocio en una actividad tan mundana. Era el propio Eustaquio, sobre el pescante del coche de caballos, el que le llevaba a los campeonatos donde, cual disfrazado Robin Hood, no tenía competencia que temer. No fue, sin embargo, un campeonato de petanca, sino un asunto de amor, el que provocó el accidente por el que Eustaquio fue juzgado. Un oportuno aviso sacó al cardenal de la cama de Agustina Frade, una de las prostitutas más bellas y arteras de la época, para ocultarse rápidamente en el carruaje y salir huyendo. El sobrino del monarca compartía la dama con el vicioso Bernabé y, justo aquella noche, se presentaba reclamando sus derechos. Al advertir la salida atropellada del carruaje guiado por Eustaquio, el mentado sobrino ordenó a su cochero que persiguiese al invasor. La pericia de Eustaquio con las riendas le permitió despistar a su perseguidor, pero no pudo evitar, tras una célebre persecución, atropellar a una dama de alcurnia provocándole la muerte. El cardenal se apeó y, vestido como iba de incógnito, no le fue difícil perderse entre las callejuelas y eludir el peso de la justicia. Su hombre de confianza, en cambio, se pasó cinco años en una inmunda prisión. Es en ese punto en el que, con gran burla para los que nos documentamos concienzudamente, el pseudohistoriador, fanfarrón y despreciable Miguel Vallejo Losada, sitúa el origen del sobrenombre del malogrado Eustaquio, cuyos verdaderos apellidos eran Requena Zamora. Según el infame charlatán se produjo en el juicio una conversación parecida a la que sigue:
- Entonces, al ver a la dama ¿usted frenó?
- Frené, sí.
Siempre según Vallejo Losada, el pobre Eustaquio, sobrepasado por la situación, habría enmudecido tras esa respuesta y no habría podido continuar defendiéndose. Tras cumplir condena, el cardenal Bernabé volvió a contar con sus servicios, pero Eustaquio ya no era el alegre y dispuesto hombre de antaño. En la cárcel había ocupado sus horas leyendo novelas románticas y poemas inflamados y, alentado por esos compañeros de viaje, soñó para sí mismo con un final heroico, con una impronta digna de su personalidad. El cardenal, sagaz y pérfido, obsequió a su fiel ayudante, quizá para recompensarle de algún modo por no haberle ayudado a librarse de la condena, con una biografía de Robert Schumann que, en aquel momento, estaba prohibida pero que él, valiéndose de su potestad, había rescatado de los censores para consumo propio. Eustaquio devoró aquel libro con devoción y, en un extraño y entregado afán de emulación, y sin que diagnóstico alguno así lo indicase, comenzó a administrarse levísimas dosis de mercurio para ver si de ese modo enloquecía de forma paulatina en las postrimerías de su vida. Sin sífilis que paliar ni otro mal destacable, por lógica los efectos del mercurio, al no tener que paliar contra dolencia alguna, podrían ser todavía mayores en su ya marchito organismo. Pero no fue así. En una estremecedora y esclarecedora carta en la que Eustaquio narra las vicisitudes de sus últimos días confiesa que, lejos de perturbar su espíritu y menos su entendimiento, el mercurio sólo le provocó una parcial ceguera, una visión un tanto nebulosa que le impedía ver los bosques y su magnífico contorno con nitidez. Pero esa velada cortina opalescente podría ser tan sólo un último esfuerzo de su invención para caracterizarse y entorpecer la labor aséptica de los historiadores que, a diferencia del caso de Vallejo Losada, se aplican con rigor en su trabajo.

Publicado: 23/11/2011
Un anciano amable acaricia la testa de su nieto en la sombra del parque. Otro es condenado por subyugar a su pueblo. La Garota paseándose por Ipanema. Su vuelo captado por la mano del poeta y el sueño del necesitado, distante de la playa brasileña como una estrella herida y enferma. Tu madre ante el espejo. Una mirada displicente. El último gol, el de hace un segundo, celebrado sobre la hierba. El dilema del emigrante a punto de embarcarse. La postal navideña y el ceño fruncido de un ángel que, para ser de este mundo, se vistió de ángel caído. El segundo íntimo de una pareja. La confidencia y el grito, el desafecto, la palabra malsonante. El perro apaleado. La sonrisa del hada madrina. Su varita. El oso del circo y el ave libre surcando el añil. El alarde del galán de discoteca y el miedo a enamorarse. Mis pies doloridos. El oficinista y el paso del tranvía sobre el raíl de moho y recuerdos. El salón vacío del infante. La embajada y el eslabón perdido. El sobre con la carta en la que narra su adulterio. La nieve cayendo sobre el oficinista que regresa a casa. La máquina de escribir y la onza de chocolate. Tu mano. El infierno. La patada a la piedra del camino. El madrugón para no perder el vuelo. La dicha más sincera. La más adulterada. El peluquín de aquel que un día perdió el pelo. Su corazón triste, tendido en lontananza como piel seca que antaño fue de escamas. Un “te odio”. Un “te quiero”… Todo, absolutamente todo, tiene el mismo origen y el mismo fin, por más que, para ocultarlo, pongamos nuestro mayor empeño:
Publicado: 16/11/2011
Lo reconozco: llegué al camino como res que busca un abrevadero, empujado por circunstancias adversas que ahora no viene al caso desempolvar. Nunca había deseado recorrer a pie el larguísimo trayecto que separa Palencia, mi ciudad natal, de Santiago de Compostela. El contacto con la Naturaleza, el ejercicio sano, el conocimiento de nuevos lugares y personas o la renovación espiritual me importaban bien poco. La única divinidad a la que me encomendaba era un buen plato de cocido en el restaurante de siempre. Con eso y poco más tenía suficiente…hasta que naufragué. Un año después, en pleno mes de noviembre, me encontraba allí, en un pueblo cercano a León, intentando sacarme los calcetines sin reventar las ampollas que proliferaban por mis pies en un albergue perdido, observado por algunos compañeros de viaje cuyas conversaciones me aburrían sobremanera. Pero entonces apareció ella. Se acercó, se interesó por mi estado y con sus propios dedos ungió una pomada sobre mis castigadas extremidades inferiores. Me sonrió y comenzamos a intimar. Al día siguiente me acompañó durante toda la jornada. Poco a poco fue perdiendo la pista de su grupo porque mi paso nos iba rezagando. La animé para que agilizase el suyo y lo alcanzase, pero ella prefirió seguir a mi ritmo, aún sabiendo que aquello supondría llegar conmigo a Santiago. Elvira era liviana, hermosa, simpática, adorable, generosa, altruista…en fin, todo lo que me estaba vedado soñar. Parecía que los pasos no hacían mella en su ánimo ni en su fortaleza. Reservaba siempre su trozo de pan para darme a mí energías, me animaba en el titánico esfuerzo, me colmaba con su conversación inteligente. Con el paso de los días una ilusión comenzó a reconfortarme. Alguien desde la bóveda celeste me miraba por primera vez con ternura. ¡Me había enviado a un ser tan maravilloso! Un ser que me estaba purificando, que me remozaba y me infundía alegría de vivir y respeto a las demás criaturas del planeta. Para mayor regocijo aquel ser, por alguna extraña razón, no se separaba de mí, por lo que colegí que también ella estaba sintiendo algo. Alentado por esa esperanza, que crecía hermanada con mi reconciliación con Dios y la notable mejora de mi físico -ya acostumbrado a ayunos y grandes esfuerzos-, imaginé que aquel camino no se terminaba allí, sino que Elvira me acompañaría durante el resto de mi vida. La última noche conversamos brevemente desde nuestros respectivos sacos de dormir antes de desearnos aquel dulce “que duermas bien”. Sus ojos brillaban con un fulgor especial y su rostro no abandonaba una sonrisa de felicidad que me llegaba al alma, como si mis palabras fuesen una melodía que la elevase. Entonces sacó uno de sus brazos del saco y tomó mi mano. Y así nos quedamos dormidos.
La luz de Santiago me invitaba a creer que todo merecía la pena. En la plaza del Obradoiro nos reencontramos con muchos otros peregrinos. La euforia de haber llegado a la meta me distrajo en ese júbilo del intercambio de abrazos y anécdotas. No sé cómo fue. Simplemente apareció por allí, bien vestido, atento y guapo. La invitó a cenar y horas más tarde, como agasajo de bienvenida, la obsequió con una noche de sexo salvaje. Lo más grave es que lo sé porque ella misma, ya con toda la confianza que se gana después de haber recorrido con un amigo kilómetros y kilómetros, me lo contó sin obviar ningún detalle… Y es que el otoño, como un caudal lechoso que supura desde nuestro interior, siempre viene azul.
Publicado: 9/11/2011
La aclamación popular me obliga a publicar un poema que prometí en su día al haceros partícipes de una vieja composición que llevaba por título Los Espejos y que estaba inspirada, claro está, en un poema homónimo. He recibido cartas de París y de Cracovia, telegramas tailandeses y postales de Praga, Budapest y Sao Leonardo…-por citar tan sólo la guinda de una montaña de correspondencia que ha puesto en aprietos a la pequeña oficina de correos que me surte-, suplicándome la publicación de aquellos versos. Desde hace algún tiempo, padres airados y públicos recelosos de mi trabajo se reúnen a escondidas en conciliábulos en los que me critican ferozmente y urden estratagemas para inhabilitarme. Sin duda me consideran un enemigo público de primera. En el subterráneo cibernético en el que ahora mismo me estás leyendo la cosa no desmerece el abrumador éxito que se comenta por doquier a pie de calle en cualquier país del mundo. El vídeo de la composición, interpretada en el mermado piano de casa, ha recibido ya más de un millón de visitas…cantidad sólo equiparable a las incontables relaciones sexuales que su popularidad me ha reportado y que, día tras día, debo rechazar, no sin cierta nostalgia, en aras de una salud mental y una vida ordenada necesaria para trabajar con garantías. Vamos pues a leer los versitos famosos antes de escuchar la música que los viste:
LOS ESPEJOS
Ahora sé
que los espejos son felices.
Después de tantos años, de tanto silencio,
después de tanto tiempo
recorriendo el camino
que yo mismo tracé.
Ahora sé
que los espejos son felices…
pero sólo aquellos que te ven.
Son la envidia de salones,
de lujosos tocadores,
de mil habitaciones
que vas a conocer.
Ahora sé
que en esos momentos sublimes
yo nunca estaré.
Publicado: 27/10/2011
Aquella tarde bajé a la playa con la misma intención de verla. Me aposté en el lugar de siempre y aguardé cauteloso su aparición. El verano ya languidecía y mi desesperación me carcomía porque en todo aquel periplo caluroso no había conseguido estrechar el cerco y dirigirle la palabra. Nos cruzábamos paseando por la orilla, a veces entrando en el agua, en la terraza de la cafetería comprando un helado, subiendo al aparcamiento al declinar la tarde… sin obtener en aquellos fugaces encuentros ni una sola mirada por su parte. Siempre estaba sola, leyendo su libro, tendida junto a los patinetes del catamarán, aquel catamarán que acumulaba años y liquen sin que nadie le diese una alegría. “Seu coraçao e un barco jamais navegado” rezaba la letra de Vitor Martins… Así me sentía yo bajo el sol, como si en toda la playa, en la que las parejas refocilaban a su antojo y se confesaban melindres y promesas de amor, sólo hubiese un árbol en cuya sombra yo me escondía y del que ya caían las hojas volátiles y doradas del otoño. Llegó sin falta y ocupó su sitio. Mi nerviosismo, tantas veces domeñado por la rutina de la situación, se aceleró por mi convencimiento de que aquel sería el último día de sol, mi última baza de una empresa arriesgada y estúpida. Saqué el libro de la mochila y continué la lectura en el punto en el que la había dejado la tarde anterior. Antes de pasar cada página me aficioné a buscarla con la mirada, a comprobar que seguía allí, también leyendo, y que así podía demorar mi gesto de osadía y tomar aire una vez más antes de acometerla. Con el avance de la tarde mis actos de vigilancia se sucedieron con un período más corto, sin por ello haber decidido todavía cómo actuar, cómo rasgar la fina tela que nos separaba. Creo que en aquel momento ya alzaba la vista tres o cuatro veces por página. Mi comprensión del texto mermaba en proporción contraria. Mi imaginación se quedaba merodeando en un mismo párrafo durante minutos, completamente abandonada a mi suerte. Entonces una gran nube que avanzaba desde el oeste se cernió sobre nosotros. Podría ser un triste presagio, pero era también una buena excusa para que ella recogiese sus cosas y volviese a casa, de modo que me levanté sin vacilar y me aproximé a la chica envalentonado. Al tenerme a un palmo de sus narices, en cuclillas para conversar, me regaló un gesto de desdén. No se me ocurrió otra cosa que proponerle que intercambiásemos las lecturas durante un instante, que ella pudiese sumergirse en mi historia y yo en la suya en la misma línea en que las habíamos detenido. Su indiferencia no decayó. Sus ojos no podían disimular que mi libro, del que todavía no tenía noticia alguna, le parecía inferior al suyo y poco interesante, pero finalmente, quizá por desembarazarse del trámite y perderme de vista, aceptó. Acto seguido tomó mi libro en sus manos e inició la lectura:
“Perra viciosa, doblégate ante mí y arrástrate por el suelo. Mañana andarás por ahí aullando, buscando mi nombre por los caminos, recordando mi falo y mis palabras gruesas y malolientes. No podrás ser feliz hasta que vuelvas a arrodillarte, desnuda como una perdida, como una vagabunda errante, sucia y poseída…
Durante la redacción de este cuento he escuchado: Tomasz Stanko: Tweet (Power Bros, 1976)
Publicado: 14/10/2011
LIZARDIANO
El lagarto se encarama en la peña desnuda, detiene su mirada en un punto fijo, se mimetiza en un segundo eterno con la antigua faz del granito, poblado de líquenes y vetas que el sol le ha legado en incontables jornadas de conversación. Luego reanuda su progresión para esconderse entre los matorrales, en esa red de galerías urdida bajo la flor del tojo con el paciente oficio de la supervivencia. Entonces se ciernen avisos y el cielo se resquebraja en una mueca trágica, desesperada. Los vientos traen olores de realidades lejanas, quizá inventadas por el propio viento, maestro ministrer de otrora, rapsoda entre rapsodas. Pero las primeras gotas acallan su tonada. El cielo supura verdad y sabiduría y la tierra recibe su liturgia como miga de pan echada a perder, entregada a una fiesta cuyas consecuencias prefiere ignorar mientras disfruta del vicio de ser anegada, fecundada, mancillada. Los días áureos volverán con las brisas propicias. El astro fulgente robará de nuevo en su zurrón el rocío de los caminos y, en el primer descanso de la mañana, el lagarto, atento al insecto desprevenido y feliz, soñará, sin saber por qué, con el día en que vuelva a habitar el océano.
RACHMANINOV
Me haría feliz que, sesenta y ocho años después, Rachmaninov pudiese tener noticia de un incauto encerrado en un parking -de no se sabe dónde- escuchando su música, paralizado y manso como un reloj de cuerda que se ha dejado de utilizar desde hace décadas. Pero Rachmaninov no existe. Quizá no haya existido nunca. Quizá sólo haya sido un invento que nos ha llegado por error a través de las eras que, en sucesivas capas de mugre, se han ido apelmazando sobre la estupidez, la hermosa estupidez que nos acoge. Las plazas reservadas de ese túnel triste por el que pasa la vida conmueven al cautivo que contempla ante sí, acariciándolas con su imaginación infantil en la oscuridad subterránea, cada una de esas notas del concierto de piano. A muchas leguas de distancia yace en la suya el compositor. Los automóviles y los viandantes ornamentan con tímidas pinceladas la vacuidad de esos sesenta y ocho años sin Sergei, sin nosotros mismos. Lo más descorazonador es pensar que, aunque no hubiese llegado hasta nosotros la eterna poesía de esos compases, no pasaría nada Los automóviles y los viandantes seguirán su inexorable paso a través del túnel sin que esas absurdas acotaciones que delimitan un lugar en el Paraíso, en la nada, cobren sentido. Ni siquiera su música, excelsa e intangible, tiene una plaza reservada.
Publicado: 28/09/2011
Cinco de la tarde. El sol en el centro de la sartén, inapelable. Los pájaros agazapados en el reino de las sombras, esperando su turno para apoderarse de las migajas de algún canapé abandonado, envidiando quizá, a esa hora queda e inútil de la siesta, la humedad artificial de la piscina, que era el centro tonal en torno al que se desparramaba la fiesta. Sobre una tumbona, en una esquina protegida del castigo solar pero expuesta sin remedio al latido incesante, y también artificial, que oficiaba el pinchadiscos, dormitaba con la boca abierta un tal Ernesto. Llevados por una gasa ebria de risas y fanfarronerías, varios compañeros de fatigas se afanaban para atar un hilo alrededor del aro que el durmiente lucía en uno de sus pezones. Luego repitieron la operación con la argolla que pendía de su narina izquierda. Finalmente ataron los extremos de ambos hilos a las patas de uno de los sofás de terraza, ocupado por dos amigas que, repantingadas como gatas de minúsculos biquinis acomodándose después del baño, comentaban que habían escuchado en alguna parte que en el año en curso, el 2012, anodino y corto como cualquier otro, se acabaría el mundo. Ernesto, que antes de caer definitivamente en el fragor de la batalla no sabía -igual que el resto de los convidados y los que fueron apareciendo, sin gozar de ese privilegio, como insectos ávidos de miel- si estaba disfrutando de la fiesta de la noche anterior o de la del día siguiente, roncaba con la cabeza ladeada en un escorzo imposible. Alguien intentó provocarle un agrio y abrupto despertar con aspavientos y pequeños gritos, pero el guerrero no se inmutaba. Podría estar muerto. La brisa detuvo la elegante cola de sal que transportaba desde la bahía. Era el momento de otra dosis de la sustancia neobáquica: pasado de moda el cristal, desde hacía tiempo se consumía metacrilato, de mayor potencia y efectos más prolongados. Alguien probó a tirar progresivamente de uno de los hilos. La tetilla depilada de Ernesto comenzó a erguirse como un flan avisando en el horno de su punto exacto de cocción. También se tensó la línea que llevaba hasta su nariz por obra de otra mano colaboradora. Era Gulliver apuntalado por un ejército de liliputienses. Pero, tampoco así, reaccionó el héroe abatido, el héroe que se había entregado en cuerpo y alma durante horas interminables de frenético trance. En el lóbulo sonrosado de una de sus orejas, un pendiente de falso diamante refractaba, con algún rayo que se colaba por los intersticios del techo de paja estilo caribeño que velaba por su sueño, la realidad de aquel verano de 2012. La música creció. Más decibelios, más sol, más metacrilato. Urgía zambullirse de nuevo y tomar aliento en pos de la postal de la puesta de sol, que luego, días más tarde, regodeándose en el lujo de tanta “p” seguida, los combatientes narrarían a sus amistades como la postal de la puesta de sol más impactante que habían presenciado jamás. Entonces apareció, con la odiosa puntualidad de un castigo orquestado desde la distancia. Llevaba consigo algún artilugio guardado en una funda negra. Se movió con la decisión y la rapidez de un francotirador, sorteando a su paso a los muertos vivientes. En menos de un par de minutos encontró el cable principal. Al desenchufarlo el latido espasmódico-ritual cesó con brusquedad. Los cuerpos, como gallinas decapitadas que bailan por inercia, se movieron todavía durante un instante, desencajados en el silencio inmenso, blanco y puro. Entonces sacó de la funda una pequeña pizarra con un trípode plegable y la dispuso a la vista de todos, desarmados e incrédulos. Con una tiza que traía en el bolsillo escribió una cifra (23) y a una altura inferior otra (45) y, acto seguido, y debajo de una raya que la separaba de las anteriores, trazó una tercera: 68. El silencio aumentó su intensidad, su penetración ardiente. Todavía quedaba espacio en la pizarra: el desconocido escribió una frase entera sin faltas de ortografía. Algunos de los asistentes, vacilantes y estupefactos, creyeron en el primer momento de asombro que ciertas palabras, escritas correctamente por el nuevo redentor, incurrían, en cambio, en la risible vergüenza de errores ortográficos de colegial. Tras varios segundos de incertidumbre las chicas corrieron a arremolinarse a sus pies para besárselos, para ofrecerle sus favores, para pugnar con su desnudez por la protección de aquel Apolo recién llegado, de aquel mesías del que desconocían procedencia, ocupación y cuenta corriente. La actitud de los varones se resume en tres opciones: la de aquellos que, metacrilatados en exceso, no pudieron entender nada, la de los que envidiaron al desconocido y maquinaron su destrucción y, por último, la de los que optaron por estudiar con paciencia, después de haber digerido los efluvios de la fiesta, la manera de imitarle. Uno de estos últimos, de nombre Héctor, que cursaba con más pena que gloria la carrera de Publicidad, pronunció a media voz, como si hablase para sus adentros, un eslogan del que creyó ser autor: “El hombre ha vuelto”.







